Una de las primeras noches de sus vacaciones, Z y su familia participaron en una bulliciosa sardinada nocturna en casa de unos amigos, cerca de San Roque. En un momento de la velada comenzaron a contar chistes e historias divertidas de forma interminable. Fue tal la cantidad de carcajadas que dieron todos que a Z se le agarrotaron los maseteros u otros músculos de la boca y casi no la podía cerrar. Todo ello, llorando a lágrima viva y pidiendo por favor una tregua para recomponerse y no morir de risa.
Una amiga de Z, mujer seria, honrada y con su vida familiar muy bien ordenada, contaba unos chistes pavorosamente pícaros y verdes que generaban estruendos de risa entre los comensales. En un momento de la noche, ella se dirigió a Z, preguntándole: "Oye, Z, tú que me conoces bien, ¿crees que alguien que no me conociera, al oírme contar estos chistes pensaría que soy una furcia?" Z meditó durante unos segundos. "SÍ", respondió al final, mirándola sonriente.