Capítulo XXI: Reconoce Tus Errores: Te Engrandecerás


Aquella noche, Z y Sara se hallaban, invitados a una fiesta, en casa de unos amigos. En el momento en que saludaban a los anfitriones, éstos estaban conversando con el entonces director del Teatro Real e hicieron las correspondientes presentaciones.

"Nos gusta mucho la ópera. Sara y yo vamos muy a menudo", comentó Z. "¿Estáis abonados?", preguntó el director del Teatro Real. A lo que respondió Z: "No, pero este año probablemente nos abonaremos, pues me han dicho que han quedado bastantes abonos libres, a la vista de la programación del próximo año". Tras una observación tan inteligente, hubo un silencio sepulcral, que, por fortuna, fue roto por la aparición de dos nuevos amigos.

Un tanto preocupado por su desafortunada espontaneidad, y tras la consiguiente reconvención de Sara, Z buscó una ocasión posterior para disculparse. "Oye, quiero decirte que me he sentido muy mal después de comentarte lo de los abonos, máxime cuando sé que la programación del próximo año no dependía de ti, pues estaba decidida ya antes de tu llegada". "Huy, no te preocupes. Ya sé que lo sabías. Además, te agradezco tu espontaneidad. No tienes que disculparte, pues, en el fondo, tienes razón y estoy de acuerdo contigo. La verdad, es que la próxima programación es bastante mala". Z agradeció la respuesta elegante, diplomática e inteligente, que también era auténtica, y se sintió aliviado con ella. Fue el comienzo de una buena relación de amistad entre ellos.


Z pensaba que si uno comete errores, a veces por ser excesivamente espontáneo, tiene que saber rectificarlos con la misma espontaneidad, de forma sincera y algo más inteligente. No se trata de hincarse de rodillas en el suelo ante el presunto ofendido solicitando su perdón, humillándose ante el otro. El pedir perdón es algo tan molesto para el solicitante como, en mi opinión, sobre todo, para el "perdonante".

Se trata, simplemente de disculparse, como más o menos hizo Z: "Quiero decirte que me siento mal por lo que he hecho/dicho, y creo que estaba equivocado. Por eso quiero manifestártelo y pedirte disculpas."

Este reconocimiento es mucho más suave, pero igual de potente, y sobre todo, que no obliga al "ofendido" a conceder su perdón al ofensor. Muy al contrario, se le abre una oportunidad de ser generoso y magnánimo por su propia opción, y terminará por quitar importancia al hecho y sabiendo perdonar libremente el desvarío o error del otro, sin que se le solicite de forma compulsiva.


No obstante, a la mente de Z vino un antiguo dicho latino, cuyo autor no acertaba a recordar: Semel emissum, volat irrevocabile verbum. Una vez emitida, vuela irrevocablemente la palabra. Lo dicho o hecho, dicho o hecho está. Para el presunto ofendido no es fácil olvidarlo. Pero lo más importante es siempre reconocer los errores propios y saber disculparse ante el otro, con independencia de cómo éste reciba o admita las disculpas. Si las acepta y les quita importancia, mucho mejor. Si se le quedan resonando en su interior, dejando posos de rencor y de resentimiento, tanto peor para él.

Tras haber reconocido su torpeza, Z recordaba la respuesta que el Director del Teatro Real le dio. Era de aceptación total, con humor, quitando importancia, dando en parte la razón al otro y compartiendo sus motivos.

"Siempre sabré aceptar, reconocer mis errores y disculparme, para que no quede en mí el menor sentimiento de culpa ni en el otro el mínimo rescoldo de rencor", pensó Z. 

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal