Z se dirigió afablemente a ellos, a fin de darles las instrucciones sobre el tono de azul que él había acordado previamente con Sara, su mujer, que era quien mandaba y decidía en estos menesteres de la casa y en muchos otros más.
“Mire, Ángel, aquí tiene usted el cuadro de colores, y este código es el que quiero que me consiga, que, como puede ver, corresponde al Pantone número tal de este diagrama de colores…”
Pero los códigos, diagramas y Pantones no iban con Ángel, que, con su cerrado acento gaditano, contestó:
“No ze preocupe usted, zeñor Z, que yo no necezito estas cozas de pantones ni medir las cantidades ni ná. A ojo le conzigo yo er coló que usted quiere y ya verá usted er rezurtao”.
“Bueno, bueno, Ángel. Procure hacerlo lo mejor que pueda”
Ya avanzada la tarde, a la vuelta con la familia, uno de los jardineros, que, en ratos sueltos también trabajaba de pintor y que hubiera querido ser él quien hiciera el trabajo para ganarse unos dineros, celoso de Ángel, que al final era mejor profesional que él, se dirigió a Z, antes de que éste llegara a la casa:
“Zeñor Z, ¿ha visto usted cómo le ha dejao Ángel la entrada y las paredes de zu jardín? ¡Zi no hay dos paredes iguales! ¡No hay un zólo azul que ze parezca al otro, y cada mano es de un azul diferente: azul cielo, azul der mar, azul der color der manto de la Purízima…tós los azules pozibles!
Tras la malvada confidencia del jardinero celoso, Z se dirigió algo preocupado a la casa, para descubrir que, exageraciones aparte, efectivamente, cada combinación de colores que Ángel hacía no salía igual que la anterior ni que la siguiente.