Capítulo XX: Sé cortés y afable. Trata bien a los demás.

Ángel el Pintor y el azul del manto de la Purísima

Aquel día, cuando z volvía de su mañanera marcha, observó que Ángel el pintor y su hijo, que le ayudaba en su trabajo, estaban preparando toda la industria para pintar varias paredes de la parte exterior de la casa, de la terraza y del jardín.

Ángel era un buen hombre, en sus cincuenta, o quizá de edad indefinida, que, haciendo honor a su nombre, era más bueno que el pan como persona, sin estudios, pero con un trato, cortesía y respeto exquisitos, que desde muchos años antes, se ganaba honradamente la vida con su oficio de pintor. Z pensaba que Ángel debía pertenecer a una época pasada. Era una persona entrañable, con una bondad infinita que  era milagroso que pudiera caber en un cuerpo tan menudo. Era un tipo de persona de los muchos que pueblan las tierras de Andalucía en los oficios más variopintos. Sólo por el interés y celo que ponía en su trabajo se le podía perdonar que a veces éste no quedara del todo bien. Su hijo, por caprichos de la genética, le doblaba en peso, tamaño y altura, y gastaba ya la mitad de su energía en mover toda la masa de su corpachón.


Z se dirigió afablemente a ellos, a fin de darles las instrucciones sobre el tono de azul que él había acordado previamente con Sara, su mujer, que era quien mandaba y decidía en estos menesteres de la casa y en muchos otros más.

“Mire, Ángel, aquí tiene usted el cuadro de colores, y este código es el que quiero que me consiga, que, como puede ver, corresponde al Pantone número tal de este diagrama de colores…”

Pero los códigos, diagramas y Pantones no iban con Ángel, que, con su cerrado acento gaditano, contestó:

“No ze preocupe usted, zeñor Z, que yo no necezito estas cozas de pantones ni medir las cantidades ni ná. A ojo le conzigo yo er coló que usted quiere y ya verá usted er rezurtao”.

“Bueno, bueno, Ángel. Procure hacerlo lo mejor que pueda”

Ya avanzada la tarde, a la vuelta con la familia, uno de los jardineros, que, en ratos sueltos también trabajaba de pintor y que hubiera querido ser él quien hiciera el trabajo para ganarse unos dineros, celoso de Ángel, que al final era mejor profesional que él, se dirigió a Z, antes de que éste llegara a la casa:

“Zeñor Z, ¿ha visto usted cómo le ha dejao Ángel la entrada y las paredes de zu jardín? ¡Zi no hay dos paredes iguales! ¡No hay un zólo azul que ze parezca al otro, y cada mano es de un azul diferente: azul cielo, azul der mar, azul der color der manto de la Purízima…tós los azules pozibles!

Tras la malvada confidencia del jardinero celoso, Z se dirigió algo preocupado a la casa, para descubrir que, exageraciones aparte, efectivamente, cada combinación de colores que Ángel hacía no salía igual que la anterior ni que la siguiente.


A pesar de la furia que Z sintió al ver los resultados de la cabezonería de Ángel y de su resistencia a los Pantones, esperó a contar, no hasta diez, sino hasta cien, para intentar conseguir que las paredes quedaran bien, sin ofender a Ángel. Se dirigió a él:

“Mire Ángel, como hay algunas partes que se están quedando desiguales, mañana, cuando estén secas, les da usted un repaso para igualarlas lo más posible. ¿Le parece?”

“No ze preocupe usted, zeñor Z, que mañana repazamos todo esto y ze queda de primera, ya verá”.

Así lo hizo Ángel al día siguiente, y las paredes quedaron discretamente bien, como para lograr la aprobación de Sara. Ésta le confesó a Z, que, aunque no quedaran perfectas, se le podía perdonar a Ángel, por la buena voluntad que ponía en todo y por su buena disposición.

La historia terminó, pues, bien. Sin embargo, a partir de aquel día, cada vez que Z salía por el jardín, no podía evitar la sensación de que una de las partes de una pared seguía teniendo un tono de azul como el azul del manto de la Purísima.


Z había ido descubriendo que, en la vida, ser cortés y afable y no caer en la trampa del enfado es algo fácil si se está atento. El ser cortés proporciona un poder y unas capacidades asombrosas. Podemos influir en los demás muy positiva o muy negativamente. La vida es un espejo que te sonríe, si le sonríes, y se enfada, cuando tú te enfadas. Si empiezas por levantar una polvareda, tendrás motivos después para quejarte de que no ves nada.

Z descubrió los efectos prodigiosos que supone el ser afable con los demás. Recordaba la frase de Gracián: “Primero, el trato; después, el entendimiento y la comprensión.” El sonreír a los demás derrumba todas las murallas.

Z recordó que en su vida profesional ya había practicado esto con algún cliente con el que había tenido algún problema importante. Todo empezaba con una llamada telefónica, a su iniciativa, en la que se dirigía al cliente, contra todo lo que éste esperaba, diciéndole así: “Te llamo porque he estado pensando sobre el problema que hemos tenido y entiendo que tienes tus razones para estar insatisfecho. Quiero que uno de estos días comamos juntos y empecemos a reconstruir nuestra relación profesional, pues es muy importante para mí desde el punto de vista personal y profesional que sigamos colaborando juntos. Tenemos que abrir el camino y para eso quiero dar el primer paso.”


En cada una de las situaciones de la vida, esta actitud es ganadora por goleada. Es como el mensaje que, de una forma u otra, nos ha dado nuestra madre muchas veces en la vida: “Te quiero y tú no puedes hacer nada sobre eso.” Es inundar de amor. Al final, la raíz, el núcleo duro, tanto de compartir como de estar contento para hacer más felices a los demás, como de ser cortés y afable, es el amor. El amor inunda todo. El cedro, como dice el proverbio oriental, responde al hacha del leñador con el perfume que brota de la herida en su madera.

Las palabras amables que acompañan a cualquier manifestación asertiva tienen un efecto mágico en la aceptación y son siempre una manifestación de cariño y amor que hacen mejores a las personas.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal