Z pensó que había que estar atento en muchas situaciones para no dejarse arrastrar por la ira y así poder dominar la situación, en vez de ser dominado por ella. La sindéresis de Gracián. Al final, sintió el placer de oír decir a su hijo: “Papá, hoy hemos empezado el partido mal, pero lo hemos acabado muy bien, no como el otro día.”
La capacidad de transformar la ira en compartir, en un ejercicio de flexibilidad, sin grandes concesiones ni sacrificios, era una disciplina en la que Z tenía que ejercitarse continuamente para transformarla en un hábito. “Esto nos pasa a todos”, pensó. Era una capacidad para la que estaba muy bien dotado, si sabía y era capaz de encauzar su talante no visceral, pero sí apasionado. Recordó un viejo refrán alemán que decía, más o menos: “No nos han dado a cada uno un rostro hermoso, pero una cara sonriente sí está al alcance de todos. Todos podemos tenerla.”
La alegría y el buen talante rompen todas las barreras, derrumban todas las murallas y, sobre todo, me hacen sentir más feliz. Hay que mantener un “adiós a la ira y al enfado” de forma permanente. Los resultados son espectaculares y las gratificaciones que genera son una energía que mantiene permanente la actitud de estar siempre de buen humor para poder hacer el bien a los demás y, a través de ellos, a nosotros mismos. Es un refuerzo circular, una reacción en cadena que se mantiene sola. En todos los ámbitos de la vida.