Jorge, no obstante, seguía mirando a Z, que no había hablado, dejando que los demás respondieran con visión objetiva. Z finalmente contestó a su hijo: “Bueno, la luz de la luna y la del sol son la misma y se reflejan en todo el mar. La luna recoge la luz del sol y te la manda a ti. Sol y luna te transmiten la misma luz y energía, uno de día y la otra de noche. La luna sólo apunta hacia ti en sus reflejos, en su rielar (que así se dice) sobre el mar, porque en el fondo tanto ella como el sol salen para ti y para cada uno de nosotros. Salen para ti si eres tú quien los estás esperando. Cuando la luna empieza a salir, tú la ves, pero ella todavía no te ha visto a ti. Es entonces, si la esperas, mirándola, cuando ella, poco a poco, te empieza a lanzar, desde su cuerpo rojo-naranja, ese haz de rayos dorados, que, de forma mágica, se van transformando en destellos de plata, todos dirigidos hacia ti. A ti te los manda, porque has estado atento a la belleza de su salida, y de ti espera mucho. De cada uno de nosotros la luna y el sol esperan mucho, y se demuestra científicamente, porque al elevarse la luna, esa línea plateada se va convirtiendo, poco a poco, en un río de plata, cada vez más ancho, hasta que se extiende por todo el mar. Y ahora, todo ese mar de plata es para ti y para todo el que lo sabe contemplar, pues desde ti se extiende hasta el horizonte infinito, donde el mar abraza al sol, a la luna y a las estrellas. Todo ese brillo tan prodigioso que ves en el mar significa todo lo que tú puedes hacer cada día a lo largo de tu vida, cuando salen el sol y la luna.