Al día siguiente, animados por los resultados, fueron a explorar en el mismo lugar. Tras detectar innumerables chapas de botellas de cerveza y latas de bebidas, encontraron una moneda de un cuarto de real de vellón con la efigie de un rey, que resultó ser Enrique IV de Trastámara, “el de las mercedes” o “el impotente”, padre de Juana la Beltraneja y hermanastro de Isabel la Católica, que le sucedió como reina de Castilla. Isabel ya estaba casada con Fernando V de Aragón, que a pesar de su disgusto, ya que él tenía aspiraciones legítimas a la corona de Castilla, aceptó en principio su papel de rey consorte de Castilla.
Observando la moneda y recordando la de los Reyes Católicos del día anterior, Z se sentía fascinado pensando cómo ambas piezas, sin gran valor material, pero de enorme importancia para ellos por haberlas descubierto, estaban allí, por donde pasaba tanta gente, desde los años mil cuatrocientos cincuenta y tantos, cuando los turcos acababan de tomar Constantinopla. Hacía más de quinientos años. Poco tiempo de espera, comparado con el de las monedas romanas y el de los restos paleolíticos.