Casualmente pasaba el “maître” junto a ellos en aquel momento. Z le dijo a Jorge: “Vamos a cambiarnos de mesa”. Se levantó y, dirigiéndose al “maître”, con una gran sonrisa, le pidió, por favor, que los postres y el café se los sirvieran en otra mesa lejana a la de marras. Afortunadamente, aquel día había espacio y otras mesas libres en el restaurante, también con muy buenas vistas. Es lo que permitió que la solución fuera la mejor y todos quedaran contentos.
Al volver Sara y Elena se encontraron con la sorpresa de una mesa nueva y agradable, también con una vista espléndida a la bahía, donde tomaron los suculentos postres que habían pedido y el resto de la sobremesa, que se alargó generosamente. Al final, Z se sintió satisfecho de haber sido asertivo y haber logrado que la segunda parte de la comida- que él no estaba dispuesto a que se estropeara- transcurriera alegremente entre todos, con su familia en paz y sosiego, sin caer en el enfado ni tener que abordar la misión prácticamente imposible de lograr que la ruidosa familia se comportara con más mesura. De hecho, así sucedió y la familia fue un poco (sólo un poco) más moderada en su alboroto, pues observaron la retirada estratégica de Z y su familia. Las palabras hablan, pero los hechos sin palabras también hablan por sí solos.
Como era de esperar, al poco volvieron a su ruidoso jolgorio. Pero a larga distancia, sin efectos colaterales perniciosos en Z y familia. Al final, el día fue perfecto.