Capítulo XIV: Descubre la Belleza

Ida al Imperio Romano

Aquella mañana, Z, Jorge y Jesús fueron a ver las ruinas de una antigua factoría romana donde se elaboraba el “garum”, una salsa que elaboraban los romanos a base de pescado, extracto de cabeza, escamas, vísceras y otras partes secundarias del atún, que era exquisitamente apreciado por sus propiedades tonificantes y poder nutritivo.

En su tiempo, la factoría estaba junto al mar, y ahora apenas si éste podía verse desde allí. Poco a poco, en el tiempo, el mar la había abandonado. Aunque la maleza había invadido por completo las piletas y canales por donde fluía el “garum”, podía apreciarse perfectamente la estructura, casi la silueta o el bosquejo general de la factoría, dentro de una extensa alfombra verde, donde varios caballos pastaban pacíficamente, disfrutando de la hierba fresca que crecía entre las piletas.

No lejos de la factoría de “garum” pudieron ver también los restos de unos molinos romanos para moler cereales mediante dos piedras circulares superpuestas, de roca caliza cercana al mar. Z se llevó un trozo de molino y un trozo de roca donde se apreciaba perfectamente el conducto excavado en ella para canalizar el “garum” desde la pileta. Ambas piezas eran para Z de un inmenso valor a pesar de estar deterioradas y abandonadas como unos pedruscos irrelevantes a los que seguramente habían atado más de una vez alguno de los caballos que pastaban por el lugar.


Con un aparato de aficionado para detectar metales, de aficionado, casi de juguete, lograron encontrar varias monedas de bronce y de cobre del Imperio Romano de los siglos I y II de nuestra era: unas con la efigie del emperador Galieno, y otras con la de Constantino, junto con algunos clavos de sección cuadrada, claramente romanos. Como los molinos de cereales y las piletas de “garum”, las monedas habían estado allí enterradas casi dos mil años. Poco tiempo, comparadas con las lascas y cuchillas de sílex paleolítico, que, en el Pinar del Rey y en Jimena, junto al río Hozgarganta, esperaban desde diez mil años.

Durante la mañana entera que duró la visita y la búsqueda, los tres trabajaron duramente: Jorge buscando con el detector; Jesús, como experto y picando con la escardilla o picaza para sacar las piezas; y Z, ayudando a Jesús en la tarea de picar. Jesús endureció los callos de sus manos, acostumbradas a tareas duras, y Z acabó con sus manos más callosas y alguna ampolla.


Para Jorge, toda la mañana fue una aventura de descubrimientos, especialmente en la tarea de buscar monedas y utensilios metálicos. Jesús se sentía asimismo muy satisfecho, al sentirse reconocido como un auténtico experto conocedor de la arqueología de la zona. Z descubría, una vez más, que, aunque el recibir nos aporta felicidad, el dar nos la multiplica varias veces. Además de estar pasándolo bien, estaba compartiendo la alegría y el entusiasmo de otras dos personas para él muy importantes: su hijo, a quien quería más que a nadie, y Jesús, a quien apreciaba enormemente por su generosidad y cualidades humanas.

A la cabeza de Z vino la frase que, en un famoso film, una persona le dice al ser amado: “Te quiero no sólo por las cosas buenas que he descubierto y aprendido de ti, sino sobre todo, por las cosas que me has ayudado a descubrir en mí mismo”.

Otra mañana, en el asentamiento de Borondo, junto a la desembocadura del arroyo Guadalquitón, los tres lograron encontrar también varias monedas, clavos y utensilios romanos, todos ellos de escaso valor material, pero de enorme valor emocional para ellos.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal