Para Jorge, toda la mañana fue una aventura de descubrimientos, especialmente en la tarea de buscar monedas y utensilios metálicos. Jesús se sentía asimismo muy satisfecho, al sentirse reconocido como un auténtico experto conocedor de la arqueología de la zona. Z descubría, una vez más, que, aunque el recibir nos aporta felicidad, el dar nos la multiplica varias veces. Además de estar pasándolo bien, estaba compartiendo la alegría y el entusiasmo de otras dos personas para él muy importantes: su hijo, a quien quería más que a nadie, y Jesús, a quien apreciaba enormemente por su generosidad y cualidades humanas.
A la cabeza de Z vino la frase que, en un famoso film, una persona le dice al ser amado: “Te quiero no sólo por las cosas buenas que he descubierto y aprendido de ti, sino sobre todo, por las cosas que me has ayudado a descubrir en mí mismo”.
Otra mañana, en el asentamiento de Borondo, junto a la desembocadura del arroyo Guadalquitón, los tres lograron encontrar también varias monedas, clavos y utensilios romanos, todos ellos de escaso valor material, pero de enorme valor emocional para ellos.