"Hay cosas que se nos manifiestan antes de que las veamos", pensó Z. "Aparecen reflejadas, de forma oblicua, antes de doblar la esquina de la calle por la que paseamos tranquilamente, distraídos. A veces, si estamos atentos, podemos ver su sombra en el suelo, antes de que nos pillen de sopetón."
La visión duró poco menos de diez minutos. Z recordó los innumerables cuadros de la catedral de Rouen pintados por Monet, todos diferentes, según el momento, la luz y la iluminación del día. Había que pintar el cuadro ya, sin perder tiempo, en aquel instante. Ni antes ni después.
En aquella mañana, como al pintar Monet sus catedrales, cada minuto era único, irrepetible, que pasaba y no volvía más. Todo pasa y no te bañas dos veces en el mismo río, como decía Heráclito. Ni el río es el mismo ni tú. Cualquier ocasión perdida no vuelve más en la vida.
La luz, las situaciones, las ocasiones y los momentos son siempre únicos, y, a veces, nos parecen eternos. Pasan una vez y no vuelven. Vienen cuando menos te lo esperas, sin que tú elijas el instante ni el lugar. Por eso los cuadros de la catedral de Rouen son todos diferentes. Parece como si la vida estuviera formada por una inmensa secuencia de instantes innumerables, únicos, y sólo cada uno de ellos es lo que importa.