Otro día, Z, Jorge y Jesús fueron a un antiguo asentamiento romano, perdido entre los campos e ignorado de todos. Jesús era un jardinero de la urbanización, muy aficionado a la arqueología, un auténtico experto y conocedor de asentamientos paleolíticos, romanos, árabes y hasta cartagineses. Con él iban frecuentemente a exploraciones que, empezando temprano, les llevaban la mañana entera, hasta la hora de comer.
Aquel día, entre una infinidad de tejas romanas (“tegulae”) abandonadas, encontraron unos ladrillos sólidos, en forma de cuadrante de círculo, que parecían círculos de arcilla dividos en cuatro partes y llamaban la atención por su simpleza y belleza. En algunos de ellos había inscripciones del fabricante como si en aquella época existieran las marcas de artículos.
Allí estaban abandonados probablemente desde hace unos dos mil años sin que nadie los hiciera caso. Unos caballos comían la hierba que crecía entre los ladrillos. Z cogió uno de los cuadrantes prácticamente intacto, que dejaba la marca suya en la tierra rodeada de hierba. Z pensó que era un sujetalibros privilegiado. Llevaron varios de ellos a casa.