Capítulo X: Ama Todo a tu Alrededor

La flor violeta del cardo

Otro día, Z, Jorge y Jesús fueron a un antiguo asentamiento romano, perdido entre los campos e ignorado de todos. Jesús era un jardinero de la urbanización, muy aficionado a la arqueología, un auténtico experto y conocedor de asentamientos paleolíticos, romanos, árabes y hasta cartagineses. Con él iban frecuentemente a exploraciones que, empezando temprano, les llevaban la mañana entera, hasta la hora de comer.

Aquel día, entre una infinidad de tejas romanas (“tegulae”) abandonadas, encontraron unos ladrillos sólidos, en forma de cuadrante de círculo, que parecían círculos de arcilla dividos en cuatro partes y llamaban la atención por su simpleza y belleza. En algunos de ellos había inscripciones del fabricante como si en aquella época existieran las marcas de artículos.

Allí estaban abandonados probablemente desde hace unos dos mil años sin que nadie los hiciera caso. Unos caballos comían la hierba que crecía entre los ladrillos. Z cogió uno de los cuadrantes prácticamente intacto, que dejaba la marca suya en la tierra rodeada de hierba. Z pensó que era un sujetalibros privilegiado. Llevaron varios de ellos a casa.


Durante la mañana pasaron por una zona de abundantes cardos, casi secos, cuyos tallos estaban cubiertos por miles de pequeños caracoles, que se apretaban a las últimas gotas de humedad que el cardo les proporcionaba. Era para ellos la vida o la muerte. Z cogió con los dedos una hermosa flor de cardo, de brillante color violeta. Al tratar de arrancarla, el cardo clavó, en su propia defensa, varias de las espinas en su mano. Mientras quitaba la sangre que brotaba de la yema de su dedo pulgar, Z recordó la frase de la corona escocesa, cuyo símbolo es la flor de cardo: “Nadie que me toque queda inmune”.

A lo largo de aquella exploración, Z sintió un profundo amor por todo aquello de lo que él se sentía parte: por la mañana tan hermosa, por Jorge y Jesús, a los que acompañaba, aunque él iba siempre el último, el más rezagado y distraido, por las tejas y triángulos romanos, por los cardos y los caracoles...


Ama todo a tu alrededor: transforma todo en belleza con tu amor: personas y cosas. Serás más feliz cuanto más des a los demás y a la vida, pues recibirás mucho más de ellos. Ama a la flor de cardo, aunque ésta te hiera con sus espinas. Ama a las personas que te quieren, y también a las que no te quieren y, a veces, te hieren, como la flor de cardo. A tu amor nadie se puede resistir. Solo el poder invisible del amor puede abrir el corazón del hombre. Haz del amor tu arma más poderosa y nadie podrá defenderse de esa fuerza. Tu amor les derretirá el corazón a los demás y siempre les hará mejores.


Contemplaré todas las cosas con amor y naceré de nuevo.
Amaré al sol porque me calienta los huesos;
pero también amaré la lluvia porque purifica mi espíritu.
Amaré la luz porque me señala el camino;
pero también amaré la oscuridad porque me enseña las estrellas.
Acogeré la felicidad porque engrandece mi corazón;
pero también soportaré la tristeza porque descubre mi alma.
Reconoceré la recompensa porque constituye mi pago;
pero también daré acogida a los obstáculos porque constituyen para mí un desafío.

Og Mandino - "El Vendedor más Grande del Mundo"


Saludaré cada día con amor. Sólo tendré tiempo para amar, nunca para odiar a nadie. El odio ciega la razón y envenena el espíritu. Inundaré todo con mi amor. Sin el amor fracasaré aunque posea todos los conocimientos y habilidades del mundo.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal