Otra persona que Z no podía olvidar en cuanto a organizarse y aprovechar al máximo su tiempo era Lucy, una sirvienta asturiana, grande, robusta, recia, simpática y trabajadora, que hacía un uso asombroso de un reloj de pulsera que su padre le regaló de pequeña. Era de las pocas personas que usaba su reloj para medir el tiempo. Por ejemplo, al organizar y hacer el planchado de la casa, miraba el reloj, a una hora determinada en punto dejaba, por ejemplo, de planchar las dos últimas sábanas o vestidos que quedaban para concentrarse en la siguiente tarea. Si la señora (madre de Z) le hacía alguna observación sobre terminar de hacer el planchado, con una gran sonrisa contestaba: “Señora, no se preocupe que ya lo haré después. Ahora me voy a la compra para después poder hacer la comida a tiempo.”
Tanto Lucy como Paco eran cada uno en su ámbito, personas muy celosas de su responsabilidad, calidad y resultados de su trabajo, y sensibles por tanto a interferencias en lo que ellos consideraban su parcela de autonomía. A ambos había que controlarles de la forma adecuada, por resultados, no en los pequeños detalles.