Capítulo VIII: Organízate

El reloj de Lucy, la sirvienta

Otra persona que Z no podía olvidar en cuanto a organizarse y aprovechar al máximo su tiempo era Lucy, una sirvienta asturiana, grande, robusta, recia, simpática y trabajadora, que hacía un uso asombroso de un reloj de pulsera que su padre le regaló de pequeña. Era de las pocas personas que usaba su reloj para medir el tiempo. Por ejemplo, al organizar y hacer el planchado de la casa, miraba el reloj, a una hora determinada en punto dejaba, por ejemplo, de planchar las dos últimas sábanas o vestidos que quedaban para concentrarse en la siguiente tarea. Si la señora (madre de Z) le hacía alguna observación sobre terminar de hacer el planchado, con una gran sonrisa contestaba: “Señora, no se preocupe que ya lo haré después. Ahora me voy a la compra para después poder hacer la comida a tiempo.”

Tanto Lucy como Paco eran cada uno en su ámbito, personas muy celosas de su responsabilidad, calidad y resultados de su trabajo, y sensibles por tanto a interferencias en lo que ellos consideraban su parcela de autonomía. A ambos había que controlarles de la forma adecuada, por resultados, no en los pequeños detalles.


Lucy siguió muchos años trabajando posteriormente con toda eficacia en casa de la hermana mayor de Z, que tenía seis hijos, mucho más indómitos que pacíficos. Lucy era la persona que necesitaban. A pesar de que Z la echó mucho de menos, pues le trataba muy bien a él, la operación fue todo un acierto. Con un matrimonio de profesionales que trabajaban fuera, Lucy transformó la feroz guarida de bandoleros (la mayor de 12 años y el menor de 2) en un auténtico cuartel donde, además de un excelente clima humano, la intendencia y disciplina funcionaban como el reloj que el padre de Lucy le regaló en sus años mozos.


Un hecho que Z nunca pudo llegar a entender fue el siguiente. Lucy, en una época determinada cuando servía en casa de su hermana, fue diagnosticada de un sarcoma maligno en el útero. Los médicos le daban dos-tres meses escasos de vida. La noticia fue demoledora para la familia. No siendo creyente y sin fe, todo hay que reconocerlo, Z pidió a Dios o a “alguien” que salvara a Lucy, por ella misma y por todo el bien que a todos repartía, por donde pasaba. De forma asombrosa, Lucy mejoró progresivamente y el sarcoma maligno se esfumó de su vida, que la sigue disfrutando todavía. A veces parece como si hubiera Providencia, era una frase de Z. La explicación lógica es que el diagnóstico médico era erróneo. Pero más lógico le parecía a Z pensar que el fin de Lucy sólo podía llegar cuando ella dejara de dar cuerda al reloj que su padre le regaló. Sólo entonces podría detenerse la multitud de actividades sencillas, pero muy bien hechas, que Lucy realizaba con la complicidad de su reloj de pulsera. Sigue usándolo hoy día.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal