Un sábado por la mañana que a Z le habían traído doce álamos para plantar, que eran ya grandes, al llegar Paco preguntó qué hacían los álamos allí. "Ya ves", dijo Z, "a ver si encontramos tiempo y buscamos un día entre los dos para cavar los agujeros y plantar los que podamos." A lo que Paco respondió: "¿Por qué no lo hacemos ahora? ¿Usted puede?" Z dijo: "Bueno, sí, no lo había pensado, y no sé si usted...", a lo que Paco resolvió: "Pues, vamos a plantarlos ahora, que es lo mejor. ¿A qué vamos a esperar si no?". Eran las diez de la mañana y Paco se escupió saliva en las palmas de sus manos, antes de empuñar el azadón y empezar a cavar los alcorques.
Después de cinco horas agotadoras, a las tres de la tarde, todos los álamos estaban plantados, regados y sujetos, en sus doce agujeros.
Los años pasaron y la casa se vendió, pero cada vez que Z pasaba de nuevo por allí y veía la barrera de álamos, recordaba aquel sábado por la mañana en que Paco, sin saberlo ni pretenderlo, le dio la mejor lección de orientación a resultados y a la acción que Z hubiera recibido en toda su vida: "Ahora, no mañana".