Capítulo VI: Aprovecha el Tiempo

Soplaba un fuerte viento de levante durante todo el recorrido que Z hizo en su marcha de aquella mañana. El viento y las partículas de arena azotaban su rostro, brazos y piernas, haciendo más cansado el camino. El viento húmedo del amanecer le producía a veces escalofríos. Z dudó al comienzo si seguir el camino o volver a casa. Decidió que la mejor forma de aprovechar esa hora del día era seguir su marcha, entrando en calor. No iba a volver simplemente porque el viento y la arena le azotaran la cara.

En un punto del camino, Z se detuvo, recogiendo con su mano un gran puñado de arena. La retuvo unos instantes, con la mano cerrada, apretando y observando cómo la arena resbalaba entre sus dedos, cayendo sobre la playa. Al abrir lentamente la palma de su mano hacia el cielo, el viento barría la arena con rapidez, dejando al poco su mano vacía.

“No puedo atrapar y conservar el viento o la arena de esta playa por donde ando, pero sí trataré de aprovechar cada día, cada hora y cada minuto de mi existencia, con independencia de los contratiempos que me surjan, como este viento, arena y lluvia que me azotan la cara”.


"Todo el tiempo que uso mal o malgasto es una parte de mi vida que destruyo", pensó Z. "Tengo tan sólo una vida, y la vida es, a gran distancia, la medida del tiempo más importante de que disponemos. Si estoy atento y aprovecho al máximo mi tiempo, podré alargar mi vida tanto en cantidad como en calidad. Por tanto, madrugar y aprovechar el tiempo serán unos de mis primeros hábitos. El tiempo es el recurso más preciado del que dispone cualquier persona. Generarlo y aprovecharlo es como obtener petróleo. Si el petróleo es el oro negro de la energía, el tiempo es el oro de mi vida".

"El tiempo que puedo generar y aumentar será para mí de un valor incalculable. Lo aprovecharé y multiplicaré con las personas que más quiero: con mi mujer y mi hijo, y con todos aquellos a quienes amo".


Recuerdo del pasado

A Z llegó entonces el recuerdo de un pasaje de su vida en el que, de forma casual, por haber aprovechado un tiempo con el que no sabía qué hacer, le vino, como caída del cielo, una inesperada e importante promoción en su carrera.

Era un sábado por la tarde en la residencia donde se alojaban los profesionales de la compañía destinados temporalmente en una gran planta petroquímica de la empresa. Él no tenía ningún plan especial aquél fin de semana y, para aprovechar el tiempo y adelantar el trabajo, decidió quedarse, en la gran terraza de la residencia, en la oscuridad de una tarde templada, con la inmensa bahía de Algeciras al fondo, terminando de revisar unos diagramas de flujo, en un amplio tablero y con un flexo. Su única vestimenta era un bañador, con el que acostumbraba a refrescarse en la piscina de la residencia o en el mar.


En medio de su trabajo, Z observó de pronto que en el salón de la residencia, entraba todo el consejo de administración de la compañía, todos elegantemente vestidos. El salón era la única salida para Z desde la terraza, salvo que decidiera saltar por un tejado al jardín, conducta que, en caso de ser vista, parecería muy rara. Decidió, pues, seguir en su trabajo, algo preocupado por lo anómalo de su situación y de su indumentaria. Al poco, como Z temía, el presidente y máximo ejecutivo y accionista de la compañía lo vio en la terraza y salió, dirigiéndose a él cortésmente.

- "Perdone, pero ¿quién es usted? ¿Qué está haciendo aquí en un sábado por la tarde?"
- "Bueno, mi nombre es Z y trabajo en el departamento de Estudios y Sistemas, y, como no tenía nada especial que hacer, me quedé aquí en la terraza para revisar estos diagramas de flujo. Disculpe que esté en bañador. Como pensaba que no había nadie en la residencia..."
- "A ver, déjeme que vea algo de lo que usted está haciendo...", dijo el presidente, acercándose al tablero y mirando detenidamente los diagramas.
- "...Pero si usted quiere, yo me retiro inmediatamente para no perturbarles. No lo he hecho antes por mi indumentaria, pues no me parecía adecuado...", siguió, un tanto confuso Z.

El presidente levantó la cabeza del tablero y respondió, serio y cortés:

- "No, no, de ninguna manera. Siga usted en su trabajo. Somos nosotros los que nos vamos a ir en seguida, pues hemos venido aquí por casualidad y a conversar brevemente. ¿Cómo dijo usted que se llamaba?"
- "Mi nombre es Z."


Aquella noche, Z llamó a su jefe a casa para informarle del evento. Procuró hacerlo con tranquilidad y aplomo, pues sabía que le iba a producir con seguridad desasosiego. Así fue.

- "¿Qué hacías tú allí?"
- "Bueno, ya te lo he dicho. Revisando los diagramas."
- "¿Y qué va a pasar ahora?"
- "No sé. Yo creo que nada."
- "¿Qué quieres que haga?"
- "Nada. Te he llamado sólo para que lo sepas, por si te comentan algo."

El jefe de Z apenas debió dormir aquel fin de semana. Volvió a llamarle, preocupado, dos veces más el domingo.


Finalmente, el lunes siguiente, a pleno trabajo en la planta, Z recibió una llamada urgente de la central. Era su jefe.

"¡Z! ¡Me ha llamado el presidente a su despacho! Subí inmediatamente [Seguro, pensó Z]. Y ¡me felicitó! Dijo que con personas como nosotros la compañía llegaría muy lejos. ¡Qué me felicitaba a mí, a ti y a todo el departamento!"

Al cabo de unos veinte días, el jefe comunicó a Z que le iba a proponer para un importante ascenso. Agradable sorpresa. No hacía falta ser muy sagaz para relacionar los hechos. A pesar del azar, Z pensó que esa promoción no habría llegado si aquel sábado por la tarde, aunque por azar, él no hubiera decidido aprovechar su tiempo.

"Cuando algo bueno – o malo- nos pasa, está bien pensar que hemos tenido buena – o mala- suerte, y al mismo tiempo, que nos la merecemos. Aprovecha siempre tu tiempo. No lo pierdas ni lo malgastes." Z decidió que iba a estar siempre atento a no perder nunca el tiempo.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal