Capítulo IX: Manifiesta tu Amor

Una mañana en que Z se levantó algo más tarde, cuando Sara iba a hacer su paseo para ir a comprar los periódicos y revistas, decidió acompañarla. Durante el camino, Z sintió que su dedicación al cariño, afecto y sentimientos con su mujer no había sido suficiente en los últimos años. Él era el principal responsable al haberlo descuidado. La dedicación excesiva al trabajo había sido también una de las causas principales. A veces, Z se sentía como torpe o hasta vergonzoso para iniciar el acercamiento sentimental, manifestación de cariño o de amor hacia su mujer, por falta de costumbre, por haber perdido entrenamiento en manifestarle sus sentimientos hacia ella. “aquí y ahora”, pensó, mientras las palabras salían de su boca: “Estos próximos años van a ser los mejores de nuestra vida”.


Sara se sorprendió, algo perpleja con estas palabras, y respondió: “¿Por qué?” “Porque nos queremos mucho y queremos mucho a nuestro hijo, que es una bendición del cielo, y él también nos quiere mucho. Cada día que pase nos vamos a querer más y más”. Sara respondió a Z con un beso cariñoso y sus ojos se humedecieron con unas lágrimas apenas contenidas.


Cuando Jorge tenía cinco o seis años, con la espontaneidad que caracteriza a los niños a esa edad, les había juntado las manos a él y a Sara un día que paseaban los tres, llevándole a él en medio. Era como si Jorge, a veces, echara de menos el verles a ellos intercambiando cariño.

Z recordó tiempos del pasado, durante su noviazgo con Sara y en los primeros años de matrimonio. Eran tiempos de enorme felicidad. Inolvidables. Cada día era un nuevo día, abierto a todo. Trabajos juntos, proyectos, viajes a muchos lugares…Sin embargo, como a tantos sucede, aquel profundo amor se había ido transformando, poco a poco, en inercia, rutina y un poco más de lo mismo. A la memoria de Z vinieron los versos de una hermosa canción de Mari Trini, que ella misma cantaba con profundo sentimiento:


Amores se van marchando,
Como las olas del mar.
Amores los tienen todos,
Pero pocos los saben cuidar
El amor es una barca
Con dos remos en el mar
Un remo aprietan mis manos
El otro lo mueve el azar...

Amores se vuelven viejos
Antes de empezar a amar
Porque el amor es como un niño
que hay que enseñar a andar… El amor es como tierra
Que hay que arar y sembrar
Mírala al caer la tarde
Que no la vengan a pisar

Amores se van marchando…

"Amores" de Mari Trini


No, no podía dejarse al azar algo tan importante como es el amor, base de toda la felicidad.

El amor a tu mujer y a tu familia es el mejor mensaje que se puede dar a un hijo, aunque se haya descuidado algunos años. Nunca es tarde para reconducir cualquier cosa. Z recordó una película americana, en la que el protagonista se dirigía a su mujer, tratando de reconstruir el tiempo perdido: “Cariño, reconozco que te he tenido un tanto desatendida durante los últimos veintinueve años, pero a partir de hoy voy a cambiar…”

A la mente de Z vinieron algunos versos sueltos de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda:


Para que tu me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en la playa (…) Y las miro lejanas mis palabras
Más que mías son tuyas (…) Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
Para que tú lo oigas como quiero que me oigas (…) Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas (…) Voy haciendo de ellas un collar infinito
Para tus blancas manos, suaves como las uvas”.

Pablo Neruda


A partir de aquel día, Z iba a ser siempre más cariñoso con su mujer y nunca desaprovecharía ninguna ocasión de manifestarle su cariño, tanto como se lo mostraba a su hijo. Ambos eran las únicas personas por las que Z daría su vida.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal