Capítulo IV: El Llanto de los Búnkeres

Allí fuera descubrí un mundo inmenso, que existe con independencia de los hombres y que se nos presenta como un enigma grande y eterno, accesible, al menos parcialmente, a nuestros sentidos y a nuestro pensamiento… Ese mundo no coincide ni con nuestras sensaciones ni con nuestras construcciones lógicas.

Albert Einstein


Z llegó a la mitad de su camino, frente a unos antiguos búnkeres, que quizás debieron construirse durante la Guerra Civil Española. Antes de iniciar el regreso, permaneció un rato contemplando la culminación del amanecer en el mar. A pesar de la belleza de las puestas de sol, a Z le fascinaban los amaneceres. Frente a algo hermoso que poco a poco desaparece, en el amanecer todo renace, todo vuelve y comienza. Quien cada mañana no está naciendo está muriendo.

A la espalda de Z, entre las dunas, los búnkeres también parecían contemplar la salida del sol. Se asemejaban a rostros humanos o a cabezas cubiertas con yelmos metálicos de antiguos guerreros gigantes, esculpidos en piedra y cemento, anclados en la tierra y en el tiempo, con las cuencas de los ojos vacías. Parecían mirar eternamente al horizonte sin ver el amanecer. A la mente de Z vino algún verso suelto de “El rayo que no cesa”, de Miguel Hernández:


Silencio de metal, triste y sonoro,...
...pena que vas, cavilación que vienes,
como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes...
En mis manos levanto una tormenta...


“Quizás también ahora yo estoy ciego, tratando de mirar sin ver, como me pasó ayer durante la tempestad”, pensó Z.

En el mismo paseo, al amanecer del día anterior, Z fue sorprendido por una fuerte tormenta. Todo se tornó espeso, gris opaco, y cayó una pesada lluvia sobre el mar y la playa. El cielo se oscureció por momentos y parecía que, en vez de amanecer, anochecía. Apenas se veían los búnkeres, a no ser por un relámpago espectacular, que iluminó por completo sus caras como calaveras en blanco y negro, llenas de agujeros.


La muerte, toda llena de agujeros...
Volcánicos bramidos, humos fieros...
Ojos de ver y no gozar del cielo...


Empapado completamente de agua, Z corrió a buscar refugio en el búnker. En su carrera a través de la lluvia, repentinamente lo avistó de cerca y se estremeció. El búnker parecía llorar a lágrima viva. Por su rostro de cuencas vacías resbalaban, como si fueran arroyos, dos torrentes de lágrimas.


Lluviosos ojos,... lluviosas soledades,
balcones de las rudas tempestades
que hay en mi corazón adolescente...


Z penetró en el búnker por la boca, un agujero frontal, como si atravesara la pequeña cascada que formaban el llanto y las lágrimas. En el interior, al resguardo de la lluvia, la oscuridad era casi total. Era como pasar a otro mundo diferente del que vivía.

Tras un rato observando desde dentro cómo iba cesando la tormenta, Z salió finalmente al exterior, atravesando otra vez la cascada. Le pareció volver a otro mundo diferente. Ya en la playa, giró la cabeza, contemplando nuevamente el búnker. Por sus ojos vacíos seguían resbalando las últimas lágrimas de la lluvia. Con cierta melancolía, pensó que  el búnker lloraba de pena, mirando eternamente el amanecer sin poder verlo.

 “En la vida no puedo permanecer anclado ni con los ojos vacíos, como un búnker. Tengo que moverme y andar, mirando siempre al horizonte, donde mar y cielo abrazan al sol y a las estrellas. Mejor que llegar o quedarse, lo importante es siempre viajar con esperanza. Comenzaré a volver, y aquí quedarán los búnkeres. Como siempre, el camino de vuelta será distinto de el de ida, y también yo seré distinto.”, pensó Z.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal