Z penetró en el búnker por la boca, un agujero frontal, como si atravesara la pequeña cascada que formaban el llanto y las lágrimas. En el interior, al resguardo de la lluvia, la oscuridad era casi total. Era como pasar a otro mundo diferente del que vivía.
Tras un rato observando desde dentro cómo iba cesando la tormenta, Z salió finalmente al exterior, atravesando otra vez la cascada. Le pareció volver a otro mundo diferente. Ya en la playa, giró la cabeza, contemplando nuevamente el búnker. Por sus ojos vacíos seguían resbalando las últimas lágrimas de la lluvia. Con cierta melancolía, pensó que el búnker lloraba de pena, mirando eternamente el amanecer sin poder verlo.
“En la vida no puedo permanecer anclado ni con los ojos vacíos, como un búnker. Tengo que moverme y andar, mirando siempre al horizonte, donde mar y cielo abrazan al sol y a las estrellas. Mejor que llegar o quedarse, lo importante es siempre viajar con esperanza. Comenzaré a volver, y aquí quedarán los búnkeres. Como siempre, el camino de vuelta será distinto de el de ida, y también yo seré distinto.”, pensó Z.