Capítulo III: Volar con las Gaviotas

Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.

Richard Bach


Avanzando en su camino, Z vio a lo lejos una enorme colonia de gaviotas sobre la playa, cercana a la desembocadura de un riachuelo. Tomaban los primeros rayos de sol de la mañana en un paraje solitario y alejado, donde apenas llegaba nadie a pie, ni tan siquiera los pescadores expertos, que empezaban al amanecer. Cuando soplaba fuerte el viento de levante, el romper de las olas cerraba con la propia arena la salida del riachuelo, convirtiéndolo en lago de agua dulce durante unos días. Al cabo de ellos, el agua empapaba la arena poco a poco y finalmente rebosaba, buscando su camino hacia el mar. El lugar era un excelente asentamiento para las aves.

El vuelo de las gaviotas fascinaba a Z. Hubiera querido aprender a volar con ellas. Dibujaban en el cielo las siluetas más hermosas que uno pudiera imaginar. Transformaban la energía y furias del viento en una danza de belleza y sencillez. Era mágico verlas elevarse con tan sencilla elegancia, sin el menor esfuerzo, con sus alas desplegadas a contraviento. Como tantos otros humanos, soñó volar innumerables veces.

A medida que se acercaba a las gaviotas, Z recordó los primeros pasajes de “Juan Salvador Gaviota”:


Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las olas de un mar tranquilo... Una multitud de gaviotas se aglomeró para disputarse y pelear por cada pizca de comida... Para la mayoría de las gaviotas lo que importa es comer. A Juan Gaviota, lo que le importaba era volar.

Richard Bach


Repitiendo estas frases, medio cantándolas, sigilosamente, como un leopardo en la sabana, Z fue acercándose por la playa hasta la altura de la colonia de gaviotas, sin que ninguna de ellas se alarmara y levantara el vuelo. Ya en el punto límite de mínima distancia, cuando las más cercanas a él comenzaban a transmitir a las otras pequeños graznidos delatores de la presencia de un extraño, Z, con la sonrisa de un niño pícaro y travieso, dio un fuerte salto, abriendo los brazos y gritando a pleno pulmón: “¡A volaaaar, gaviotaaaas! ¡Hoy llegamos hasta el cielooooo! ¡AAAAAGGG!”.

Aspirando aire para poder seguir rugiendo, Z comenzó a correr con todas sus fuerzas hacia el centro de la colonia, playa adentro, a pesar de que la arena cedía al impulso de sus piernas y dificultaba sus zancadas. Al tiempo movía sus brazos como alas, intentando despegar del suelo y volar sobre la tierra, entorpeciendo así más el ritmo de su carrera.

Toda la colonia de gaviotas, como un inmenso manto, como una fantástica criatura única, elevó el vuelo, casi ocultando al sol, envolviendo a Z en una inmensa nube de graznidos, reflejos y destellos ocres, blancos y plateados, difuminados entre los cientos de aves.

Intentando galopar, saltar y volar, Z deseó que, como a Mercurio, brotaran alas de sus brazos y también de sus pies, para ser una gaviota más y volar hasta el cielo con el resto de ellas.

Describió varias curvas, círculos, “ochos” y espirales, desde el cero al infinito entre la nube de gaviotas, gritando, corriendo y saltando, jadeante, hechizado, volando entre ellas. En uno de sus saltos, sintió que el tiempo y el mundo se detenían, transformando ese instante en toda una vida y eternidad.


Se sintió volar en un cielo extraño, olvidando, recordando, olvidando... voló a través de espesas nieblas marinas y subió sobre ellas hasta cielos claros...

Richard Bach


“Hoy hemos volado más alto que nunca”, murmuró exhausto, tras el esfuerzo. Nunca había saltado y volado con tanta fuerza, pasión y ganas. “¡Gaviotas! ¡Mi cuerpo no os alcanza en vuestro vuelo, pero mi espíritu vuela con vosotras y más allá, hasta el cielo!”.

Toda la colonia, después de un vuelo majestuoso sobre la playa y el mar, se volvió a posar suavemente un poco más atrás, junto al riachuelo donde Z había iniciado su loca carrera. Todo parecía seguir igual después del alboroto y de su paso por el lugar, como si nadie hubiera estado allá. Tan sólo unas huellas profundas, marcadas en la arena húmeda, que antes del atardecer habrían desaparecido con la marea alta.

Z retomó su camino a lo largo de la playa. La arena estaba cubierta por miles de huellas triangulares de las patas de las gaviotas. Mirada a contrasol, parecía un inmenso cuadro puntillista monocromático pintado por algún impresionista en diferentes tonos de ocre y gris, entre claros y sombras, con el mar y el cielo al fondo.


Echó una larga y última mirada al cielo,
a esa magnífica tierra de plata donde tanto había aprendido...
Supo, con natural facilidad, que ya no era sólo huesos y plumas, 
sino una perfecta idea de libertad y vuelo.

Richard Bach


De nuevo la playa se extendía ante Z, infinita y desierta, con algunos peñascos al frente, a los que en breve llegaría. Según avanzaba en su marcha, Z no cesaba de mirar por el rabillo del ojo a la espada de plata que se reflejaba sobre el mar y que le seguía apuntando.

A medida que el sol ascendía, la espada se iba ensanchando por el horizonte y se transformaba en un triángulo brillante, con la base allá donde el mar se une con el cielo y cuyos lados venían a converger en Z. El triángulo luminoso siguió abriéndose y abriéndose, hasta extenderse por todo el mar. Finalmente, se fue difuminando hacia la lejanía en miles de reflejos brillantes y plateados. Z comenzó a sentir algo que hasta entonces no había llegado a comprender bien.


“Parece como si, a partir de ti, el sol se extendiera hasta el infinito y se reflejara en todos los puntos del mar. Lo que tú inicias, poco a poco, como una línea de puntos intermitentes, se va transformando en algo continuo y cada vez más sólido, hasta convertirse en una espada luminosa y mágica, que se hace inmensa y barre todo hasta el horizonte, como la luz del sol en el mar.”

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal