Repitiendo estas frases, medio cantándolas, sigilosamente, como un leopardo en la sabana, Z fue acercándose por la playa hasta la altura de la colonia de gaviotas, sin que ninguna de ellas se alarmara y levantara el vuelo. Ya en el punto límite de mínima distancia, cuando las más cercanas a él comenzaban a transmitir a las otras pequeños graznidos delatores de la presencia de un extraño, Z, con la sonrisa de un niño pícaro y travieso, dio un fuerte salto, abriendo los brazos y gritando a pleno pulmón: “¡A volaaaar, gaviotaaaas! ¡Hoy llegamos hasta el cielooooo! ¡AAAAAGGG!”.
Aspirando aire para poder seguir rugiendo, Z comenzó a correr con todas sus fuerzas hacia el centro de la colonia, playa adentro, a pesar de que la arena cedía al impulso de sus piernas y dificultaba sus zancadas. Al tiempo movía sus brazos como alas, intentando despegar del suelo y volar sobre la tierra, entorpeciendo así más el ritmo de su carrera.
Toda la colonia de gaviotas, como un inmenso manto, como una fantástica criatura única, elevó el vuelo, casi ocultando al sol, envolviendo a Z en una inmensa nube de graznidos, reflejos y destellos ocres, blancos y plateados, difuminados entre los cientos de aves.
Intentando galopar, saltar y volar, Z deseó que, como a Mercurio, brotaran alas de sus brazos y también de sus pies, para ser una gaviota más y volar hasta el cielo con el resto de ellas.
Describió varias curvas, círculos, “ochos” y espirales, desde el cero al infinito entre la nube de gaviotas, gritando, corriendo y saltando, jadeante, hechizado, volando entre ellas. En uno de sus saltos, sintió que el tiempo y el mundo se detenían, transformando ese instante en toda una vida y eternidad.