Z inició la marcha a paso vivo por la playa, dejando atrás, a su derecha, las casas vecinas. Al poco, a su izquierda, comenzó a salir el sol. Su círculo rojo emergía lentamente en el horizonte. El mar parecía no darse cuenta, pues sus tonos apenas cambiaban todavía. En pocos minutos, como un disco metálico al rojo vivo que rasga el mar y se abre paso entre las olas, brotó entero el sol y comenzó a reflejarse. Al principio, como una línea roja intermitente, discontinua sobre el agua, desde el horizonte hasta Z, como millones de puntos que aparecían y desaparecían. A medida que el sol se elevaba, los puntos se agrandaban y se transformaban en manchas rojas brillantes sobre el mar, como trozos de metal fundido flotando sobre las olas. Mientras andaba, a la mente de Z vinieron los primeros versos del “Crepusculario” de Pablo Neruda: