Capítulo II: Alucinación

Un nuevo orden sólo puede resultar allí donde hay un cierto desorden.

Paul Watzlawick


Z inició la marcha a paso vivo por la playa, dejando atrás, a su derecha, las casas vecinas. Al poco, a su izquierda, comenzó a salir el sol. Su círculo rojo emergía lentamente en el horizonte. El mar parecía no darse cuenta, pues sus tonos apenas cambiaban todavía. En pocos minutos, como un disco metálico al rojo vivo que rasga el mar y se abre paso entre las olas, brotó entero el sol y comenzó a reflejarse. Al principio, como una línea roja intermitente, discontinua sobre el agua, desde el horizonte hasta Z, como millones de puntos que aparecían y desaparecían. A medida que el sol se elevaba, los puntos se agrandaban y se transformaban en manchas rojas brillantes sobre el mar, como trozos de metal fundido flotando sobre las olas. Mientras andaba, a la mente de Z vinieron los primeros versos del “Crepusculario” de Pablo Neruda:


He ido bajo Helios, que me mira sangrante, labrando en silencio mis jardines ausentes. Mi voz será la misma del sembrador que cante cuando bote a los surcos siembras de pulpa ardiente.


Al mismo tiempo, no le abandonaba la extraña sensación con que se había despertado aquella mañana, y esto le producía una cierta desazón.

La línea de manchas al rojo vivo se hacía más nítida y continua, y parecía dirigirse a él, acompañándole en su movimiento. “Así pasaba siempre. Recuerdo de niño cómo la luna me acompañaba por la noche, entre los naranjos y limoneros, cuando jugaba y corría por la finca de mis abuelos. Con su cara redonda y sonriente, ella también se divertía, jugando al escondite entre los árboles. Todo estaba lleno de aromas de azahar y olor de mandarinas. Al volver yo a casa para la cena, la luna venía conmigo y se quedaba esperando. La encontraba de nuevo al salir. Si yo andaba, ella se movía, y, si me paraba, ella también… ¡Qué tontería! ¿Cuántos años hará de esto? Ni me acordaba, y ahora me viene todo a la cabeza, como un destello o una alucinación. Lo estoy viendo y reviviendo como si fuera entonces.”, pensó Z.

Aún pareciéndole absurdo, corrió varias veces mirando de reojo la línea de manchas rojas. Ésta le seguía continuamente, sin abandonarle, como si Z fuera un blanco fijo en el punto de mira.


La línea se tornaba por momentos más brillante, intensa y continua, ondulando y flotando sobre el agua. Pasó de un color rojo a naranja intenso y a oro brillante. A medida que el sol ascendía, la línea tomaba formas alargadas diferentes. Comenzó a asemejarse a una espada, con pomo ancho junto al horizonte y una hoja recta, larga y aguda, que apuntaba directamente a Z. Con el movimiento de las olas, a veces la espada parecía adquirir la forma de una antigua falcata ibera, como las que de niño admiraba Z en el Museo Arqueológico de Madrid. Pero ésta parecía estar viva, ensanchándose en la hoja y afilándose en la punta, hasta transformarse de nuevo en una espada recta. Ahora era toda como de oro brillante. Lentamente, fue adquiriendo un tono plata intenso, clarísimo, deslumbrador, como metal que del rojo vivo pasa al “rojo blanco”. “El sol se refleja en el mar y se transforma en una espada viva que no deja de apuntarme”, pensó inocentemente Z. Era el mismo pensamiento del niño que de noche jugaba al escondite con la luna entre naranjos y limoneros.


“El sol nace cada día para mí y para todos. A nosotros se dirige, nos espera cuando paramos y nos acompaña en nuestro camino al andar. También nosotros nacemos cada día, como el sol. Hay que saber aprovechar la energía que nos regala y descubrir la grandeza y hermosura de todo lo que nos ofrece, además de su luz y calor”, pensó Z.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal