Por el contrario, una carrera en la que predomina el fracaso o que culmina en él, suele estar ligada al establecimiento de metas excesivamente ambiciosas y difíciles de alcanzar, a veces en desproporción con las capacidades y puntos fuertes, infravalorando amenazas, ignorando o trivializando puntos débiles y dejando paso a la prepotencia y arrogancia.
Parece como si la excesiva ambición y altas necesidades de reconocimiento forzaran a la persona a apostar alto, ignorando riesgos y dejando el camino abierto al fracaso. Son intentos, a veces desesperados, de mejorar la propia autoimagen. Nada hay más peligroso para una organización que un líder con altas necesidades de autoafirmación y de reconocimiento.
La raíz humana de muchos éxitos o fracasos a lo largo de la carrera reside no tanto en cuán grandes son nuestras capacidades y posibilidades, sino en cuán grande es la distancia entre éstas y los objetivos que nos marcamos. Cuanto mayor es esta distancia, mayores serán los problemas y más difíciles los retos que va a tener la persona en su carrera o en su vida: "éxitos" discutibles, con alto coste humano, o claros fracasos. Personas con alta autoestima tienden a establecer metas medio-altas y alcanzables, mientras que aquellos con autoestima baja tienden a fijarlas excesivamente altas o bajas.
Si el fracaso del mediocre es comprensible, el del irresistible y con carisma es siempre enigmático. Las organizaciones y la historia están llenas de personajes irresistibles, enormemente capacitados y ambiciosos, cuya carrera y vida culminan en el fracaso.