

A última hora de aquella mañana, Z se dirigió al club de golf en busca de Teodoro. En los próximos días tenía que jugar con unos amigos y necesitaba urgentemente recobrar algo de golpe, si es que había algo que recobrar.
El campo de prácticas era, como todo el campo, un lugar paradisíaco, bordeado por esbeltas, altas y hermosas palmeras. Z se acercó a la línea donde otros practicaban, buscando a Teodoro, al que halló al fondo, a la sombra de una palmera, con un alumno. Teodoro era el profesor decano de todos los profesores, ya mayor, cercano a la jubilación, y era una institución en el club. No sólo enseñaba muy bien a mayores y pequeños, sino, especialmente a estos últimos, les transmitía reglas de comportamiento y urbanidad en el juego y en la vida: "Hay que reponer siempre las shuletas de césped que uno levanta, y no tirar papeles y cozas por el zuelo. Zi en tu caza no te deha tu madre, aquí tampoco te deho yo." "Ze deja pazar, no ze pide pazo. Tienes que zer bueno con tus amigos", solía decir entre otras muchas frases, con su fuerte zezeo y acento gaditano. Como todo profesional excelente, superaba en mucho su cometido oficial.

"Teodoro, ¿no tendría Vd. algún rato libre para darme unas clases y mejorar este desastre de golpe que tengo?"
"No zabe usted lo que lo ziento, zeñor Z, pero es que no doy abasto. Ando demaziao ocupao y tengo todo er tiempo cogío. Zi me fallara arguien tenga por seguro que le avizo, descuide."
Mustio y resignado, Z se dirigió tristemente hacia la batería de jugadores en prácticas y empezó, lánguido y disciplinado, a ensayar sus golpes.
Al rato, sintió de pronto una mano tocando su hombro por detrás. Z se volvió con sorpresa: "¡Teodoro!, ¿qué pasa?" Teodoro respondió pausadamente, como siempre: "Es que le he estao obzervando a usted y le veo mu necezitao."
"¿Entonces me va a dar Vd. una clase?" respondió Z emocionado."¿Cómo anda usted en la ziesta, a ezo de las tres y media o cuatro?"
"Perfecto. Nunca la duermo. ¡A las cuatro en punto esta tarde!"
Z volvió radiante a casa a tomar el aperitivo y comer, para después dar la clase con Teodoro. Aquella tarde, cuando Z daba cada golpe y, en vez de seguir con la mirada la trayectoria de la bola volvía la cabeza, Teodoro le corregía, como siempre: "¡Quieto, que er público está mirando. ¡Ziga obzervando la bola!"
Durante aquella clase, Z pensaba que cosas como esa sólo ocurren en Andalucía. Pocos hombres había con tan buen talante y buena voluntad como Teodoro. Era un ejemplo permanente a imitar.
Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal