Capítulo XXVII: Su Majestad El Detalle: Ten Pequeños Detalles

Un domingo, Z quería regalar a Sara un brazalete de plata que había descubierto en el mercadillo a un antiguo conocido, ya mayor, británico, que tenía allí un puesto de objetos de plata y que parecía un explorador inglés del siglo XIX. Su mujer, con un sombrero que por sus enormes rosas sólo podía ser inglés, parecía una señora sacada de las carreras de Ascott, de un partido de polo en el Campo de Gibraltar en Guadiaro, o, en todo caso, de alguna antigua película de Fassbinder. Z no se atrevía a comprarlo solo por no estar seguro de acertar con el gusto de Sara. Ésta no tenía por su parte gran interés en ir al mercadillo y prefería quedarse en la playa. Z logró finalmente la compañía de su hijo y juntos tomaron la decisión respecto al brazalete. El resultado fue un éxito, pues fue un acierto total en el gusto de Sara. Tanto Z como Jorge se apuntaron parte de la victoria.

Todas estas cosas sencillas eran vitales. La vida está hecha de infinidad de cosas sencillas y de pequeños detalles. Hay que estar atento al detalle con los demás, sin que tengamos una razón especial, simplemente porque hoy es miércoles, por ejemplo. “Su majestad el detalle”, recordaba Z, que algún conocido suyo de antaño repetía con frecuencia.

Muchas de las palabras que son el núcleo de la motivación más profunda, del optimismo y de la perseverancia para lograr las cosas, son palabras que empiezan por “e”: entusiasmo, energía, emoción, entrega, endorfinas, efervescencia, espíritu...

Z observaba que el mayor premio en la atención a los pequeños detalles lo recibía él mismo de inmediato, al ver el efecto positivo que tenía en los otros por lo inesperado: "simplemente porque sí, porque quiero darte esto y porque sí te lo mereces y eres importante para mí, porque te quiero."

En este punto, Z recordó un pasaje con una sobrina suya a la que quería mucho y que fue a pedirle consejo y orientación profesional. Después de más de dos horas de charla, ella le preguntó inesperadamente: "Bueno, tío, tú que eres una persona tan ocupada y yo sé que tu tiempo vale tanto, ¿por qué me dedicas todo este tiempo? ¿Te lo han pedido mis padres?" Después de unos segundos de perplejidad, Z le respondió: "No, no me lo ha pedido nadie. ¿Cómo que por qué te dedico este tiempo? ¡Qué cosa! Simplemente, porque yo te quiero a ti, te quiero mucho." Inesperadamente, de los ojos de la moza empezaron a brotar lágrimas de un gran tamaño y de un gran sentimiento.

Cosas que hacemos por los demás son a veces enormes mensajes emocionales de lo que ellos son para nosotros y de lo que les queremos. Muchas veces el impacto que causa en la persona es tanto mayor cuanto mayor es nuestra espontaneidad y menor es la obligación formal y la razón objetiva y obvia para dar la prueba de cariño ("Te quiero y eso basta"). También los favores que a veces se hacen a otros son tanto más importantes para ellos cuanto menor esfuerzo nos suponen.

Cada martes te invito a compartir las vivencias y experiencias de nuestro personaje, Z, en la sección "Mejorar tu vida". - José Medina, Presidente de Odgers Berndtson España y Portugal