"Teodoro, ¿no tendría Vd. algún rato libre para darme unas clases y mejorar este desastre de golpe que tengo?"
"No zabe usted lo que lo ziento, zeñor Z, pero es que no doy abasto. Ando demaziao ocupao y tengo todo er tiempo cogío. Zi me fallara arguien tenga por seguro que le avizo, descuide."
Mustio y resignado, Z se dirigió tristemente hacia la batería de jugadores en prácticas y empezó, lánguido y disciplinado, a ensayar sus golpes.
Al rato, sintió de pronto una mano tocando su hombro por detrás. Z se volvió con sorpresa: "¡Teodoro!, ¿qué pasa?" Teodoro respondió pausadamente, como siempre: "Es que le he estao obzervando a usted y le veo mu necezitao."
"¿Entonces me va a dar Vd. una clase?" respondió Z emocionado."¿Cómo anda usted en la ziesta, a ezo de las tres y media o cuatro?"
"Perfecto. Nunca la duermo. ¡A las cuatro en punto esta tarde!"
Z volvió radiante a casa a tomar el aperitivo y comer, para después dar la clase con Teodoro. Aquella tarde, cuando Z daba cada golpe y, en vez de seguir con la mirada la trayectoria de la bola volvía la cabeza, Teodoro le corregía, como siempre: "¡Quieto, que er público está mirando. ¡Ziga obzervando la bola!"
Durante aquella clase, Z pensaba que cosas como esa sólo ocurren en Andalucía. Pocos hombres había con tan buen talante y buena voluntad como Teodoro. Era un ejemplo permanente a imitar.