Aquella mañana, Z despertó antes que de costumbre. Desde la cama miró hacia la amplia terraza de su dormitorio. Eran las 6 y brotaban los primeros albores y luces del día. El sol no saldría hasta dentro de una hora. Todo era mar y cielo, separados y unidos por el horizonte. La terraza parecía un inmenso cuadro con fondo en mil tonos de azul y gris. Era el tercer día de sus vacaciones de verano. Giró la vista a la izquierda de la cama. Sara, su mujer, dormía plácidamente, de espaldas a él y al ventanal. Le molestaba la luz del alba. También dormía Jorge, su hijo, en medio de los dos. Aunque tenía doce años, a veces le gustaba venir a dormir con ellos, con la excusa de haber tenido una pesadilla. Ésta comenzaba entonces para Z: padre amoroso de un corpulento hijo, pasaba la noche en un palmo de cama, resistiendo envites y satisfecho de no acabar en la alfombra.
Z miró de nuevo hacia el ventanal. Los tonos de azul en cielo y mar iban sustituyendo, poco a poco, al gris del amanecer. Sobre el horizonte comenzaban a brotar los primeros resplandores del sol, como metales fundidos al rojo vivo. Al fondo, sobre el mar, se veía con nitidez toda la cadena montañosa de la costa africana: frente al Peñón de Gibraltar, desde Ceuta hacia oriente, las montañas se iban difuminando suavemente en el horizonte, a medida que el Mediterráneo se hacía más ancho. Aquél iba a ser un día extremadamente claro.
Era el comienzo de tres semanas de vacaciones. Maravillosas, plácidas y relajantes, como las de años anteriores. Eran las más envidiables que uno pudiera imaginar: casa privilegiada junto al mar, con jardín que salía directo a la playa. Silencio total, salvo el batir manso y monótono de las olas en la arena. Todo era calma y tranquilidad.
Sin embargo, en este amanecer, Z tenía una sensación extraña. Sentía una ligera inquietud, como un echar algo de menos. Algo le faltaba y no acertaba a saber qué era. Alguna pieza no terminaba de ajustar en el rompecabezas, y esto le generaba un cierto resquemor, malestar. Abandonó deliberadamente esta sensación. La almohada le clarificaba pocas cosas y siempre le invitaba a seguir durmiendo.
Z solía madrugar. No le gustaba que el sol llegara a la cama, tocando su cuerpo para avisarle que ya era hora de levantarse. Se incorporó silenciosamente, saliendo del dormitorio. Bajó la escalera, dirigiéndose a la cocina para tomar agua y zumo antes de hacer su marcha habitual por la playa. Mientras bebía, Kuki, la pequeña perra west highland de Jorge, le miró curiosa desde su cesto en el tendedero. Sus ojos brillantes formaban con el hocico un triángulo de tres bolas negras en su cabeza blanca, peluda y redonda. Sin saber por qué, esta vez Z no la invitó a venir. Ella ladeó su cabeza dos o tres veces, mostrando su decepción con unos gañidos.