Creo también que las opciones a que renunciamos en la vida (tipo de carrera, oportunidades, ofertas, posibles ascensos, etc.) son muy importantes y dicen mucho de nosotros: de nuestros intereses, nivel de riesgo, saltos en el vacío por exceso de ambición, o riesgos calculados, alineando nuestras capacidades e intereses con el proyecto; alternativas aburridas, con demasiada seguridad y acomodamiento, etc. Son todas ellas portentosas fuentes de conocimiento sobre nosotros mismos: quiénes somos y quiénes no somos, qué nos mueve y qué andamos buscando en la vida.
A veces, el crisol contiene un acontecimiento muy positivo. Otras, una tragedia. En todas ellas, y, sobre todo en estas últimas, nunca elegimos ni el lugar ni el momento. Son momentos donde hablamos sin guión escrito y cantamos sin partitura ni letra. A veces, podemos quedar destruidos por la experiencia. Pero, al superarlas, salimos de ellas mucho más fortalecidos y conscientes de nuestros puntos fuertes y objetivos, y mejor equipados para afrontar el futuro.
En definitiva, la auténtica, la verdadera experiencia, no consiste en lo que nos sucede, sino en lo que nosotros hacemos con lo que nos sucede. La aleación de metales que nos viene en el crisol es con frecuencia, de composición desconocida, pero de nosotros depende transformarla en oro. A veces, sin poder evitar alguna quemadura, pero, ante todo, sin derretirnos ni fundirnos con la mezcla.